Arte colonial, arte del invasor


Recordemos que el término colonia significa: Territorio dominado y administrado por una potencia extranjera, a la que se le da el nombre de metrópoli. En dicho territorio se establecen los colonizadores para controlar o civilizar a los pueblos originarios, los cuales, a partir de ese momento carecen de libertad y quedan sujetos a la soberanía del gobierno metropolitano. De tal forma, que el Estado que se establece por la fuerza en un territorio, cercenando la libertad y la soberanía de sus pobladores, puede y debe considerarse invasor y genocida.
La polémica sobre el término con el cual debería definirse la presencia europea en Nuestramérica, se agudiza en los ámbitos académicos y políticos a partir de 1992, asunto que queda resuelto, desde la perspectiva histórico-antropológica, mediante la aplicación del concepto de invasión, por ser el que más se ajusta a la realidad. Territorios y gentes nunca mencionados en los textos paradigmáticos de la cultura europea, los hacía completamente desconocidos y en ningún modo intuidos por el Viejo Continente, hasta que llega Cristóbal Colón en octubre de 1492, según cuentan los documentos. A partir de ese momento, hombres y mujeres de dos Continentes (poco después serán tres, incluyendo a África) se descubren mutuamente en un encuentro recíproco, pero en condiciones desiguales.
Axiomáticamente, el colonizador es un invasor. Al comienzo, las obras sacras llegaban directamente desde la metrópoli, por eso, puede decirse que el arte colonial es el arte del invasor. En él se enmascara con la belleza y la aparente pureza sacra de su obra, usada para la catequización de los infieles, el horror del sometimiento. Ciertamente predominan los motivos religiosos, su simbología recoge los atavismos de la religión católica, desde la perfección de vírgenes, ángeles y santos, de colores luminosos y saturados, que representan la presencia divina; hasta el dramatismo del sufrimiento de la madre que ha perdido a su hijo por culpa de los pecadores, en los que predominan los tonos oscuros tales como el ocre y otros colores cálidos ennegrecidos.
La plástica venezolana propiamente dicha, comienza poco después de la invasión y como resultado del aprendizaje de artesanos y artistas, unas veces provenientes de los ya mencionados pueblos originarios o bien del mestizaje. A decir verdad, los artistas de la Tierra de Gracia, eran pardos en su mayoría (quienes formaron importantes Escuelas plásticas en Venezuela), y en sus obras se aprecia la mezcla de los diversos componentes étnicos, sin que por ello el producto de su creación dejara de contribuir a la penetración ideológica, expresamente racista. A través del arte, el pardo tiene la ilusión de satisfacer las aspiraciones sociales de casta (o de clase, según se mire), en la medida en que adapta su creación para que responda a los patrones estéticos de los grupos dominantes, en particular de esa suerte de “aristocracia” oligárquica blanca, cuya falsa moral está plagada de principios contradictorios cuando se trata de reconocer en el indio y en el negro cualidades humanas, a los que consideran “carentes de alma”.

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